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Homenaje  |  Aniversario | 2016-02-27
 

A 16 años de la partida de un Maestro inolvidable...

El nuevo siglo no ahorró tristezas para el automovilismo deportivo y a poco de comenzar, Eduardo José Copello ingresaba en la leyenda, dejando una historia ejemplar.

Dueño de un talento innato, de una fineza y sensibilidad que lo destacaron entre sus pares, construyó con gran pasión su tardío ingreso al deporte motor.

El recordado José Cruz fue el gestor de su aparición y también de su integración con Oreste Berta, con quien forjó desde el Renault 1093, una sociedad deportiva plena de sucesos.

Dentro de un auto de carreras desbordaba recursos al manejo. Tuvimos oportunidad de comprobarlo en tiempos en que a bordo de las distintas variantes del Torino, era uno de los exponentes del más alto nivel.

La suerte quiso que también estuviéramos a su lado en su retorno tras una década de inactividad y con un corazón con cicatrices profundas de esas que sufren los hombres pasionales que jamás rinden sus convicciones.

Inquieto, de una honestidad inclaudicable en tiempos que la amistad no se proclamaba en el deporte que asomaba al profesionalismo, edificó su historia entre los grandes del automovilismo argentino con una determinación inigualable, la misma que lo llevó solitariamente a Europa para asombrar con un ensayo en Módena, que lo ubicó como el mejor al volante una Maserati.

Su demostración avalada solo con antecedentes a bordo del pequeño Renault 1093 y del gigantesco Allard Cadillac expresaron su potencial, pero el destino quiso que el riesgo que emergía de semejante tarea, frustrara sus ambiciones.

Con la diferencia de los años en su contra, no tuvo inhibiciones para aprender los fundamentos del rally para regresar experimentando por vez primera la tracción delantera del R18, en aquel Gran Premio del 81 que lo vió abandonar liderando la general.

No tuvo tampoco reparos para confrontar en un Desafío de los Valientes, a sabiendas de lo que tenía que perder.

El automovilismo fue su vida, pero damos fe que también pudo haberlo sido el boxeo -por sus espontáneos reflejos- o la música al mostrar también grandes dotes como baterista.

Fue -como todos los grandes- un súperdotado para resolver con la punta de los dedos las incógnitas que planteaba un auto de competición en cualquier tipo de caminos, controlándolo en el límite de su estabilidad.

Su legado como piloto, puedo resumirlo en breves conceptos: ".. Tenés que acariciar el volante con las manos y el freno con el pié... con la vista puesta en el menor recorrido, seguro que no te va a sorprender el error... porque ya te lo anticipa tu sentadera.."

Con esa convicción, siempre fue de los más rápidos y de los menos equivocados...

Llegó a Córdoba como El Cardenal... se fue de la vida como El Maestro...

M.G.
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Foto:José Bellido

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